Tango Queer: “La movida se impuso sin pedir permiso”

¿Cuándo y por qué surge? ¿En qué ha ayudado a la comunidad en general?
Las primeras prácticas de lo que hoy llamamos “tango queer” surgieron a mediados de los noventa. Augusto Balizano, por ejemplo, comenzó en esa época a enseñar a varones gays a bailar los dos roles. Más tarde, junto con Roxana Gargano, Augusto creó La Marshall, primera milonga gay y yo misma arranqué en el 2001 dando clases a lesbianas en salas de ensayos y luego en un centro cultural llamado La Casa del Encuentro. Ya en 2005 abrí una práctica en un bar de San Telmo con el nombre Tango Queer. A partir de ahí comenzó a conceptualizarse el término y a difundirse la propuesta a un nivel también teórico, que la hizo asimilable a un público que tenía fuertes resistencias. Hay que considerar que en ese momento era bastante difícil de aceptar para mucha gente del ambiente tanguero que dos hombres o dos mujeres bailaran juntxs libremente, considerando la fuerte carga sensual que tiene la danza. Para esa época aparecieron también otras prácticas y milongas queer (Besos Brujos, Baires Folk). Fue como una eclosión, justificada por las ganas que muchas personas LGTB tenían de bailar tango y a la que no les daba ganas de hacerlo de la manera tradicional.

Pensemos que los ambientes de tango en esa época no eran lo que son ahora. Eran ambientes muy cerrados, diría “machistas”, y una de las cosas que los milongueros más tradicionales defendían a capa y espada era la composición heterosexual de la pareja de baile, y la distribución de los roles: hombre conductor y mujer conducida. Sobre esto no se discutía, era algo así como un “núcleo duro” del tango, en una época en que comenzaban a plantearse renovaciones formales y técnicas en el baile y también en la música. Pero en relación a la inclusión social había mucha resistencia, y no es precisamente que en el tango llamado “tradicional” no hubiera gays o lesbianas, es que la posibilidad de bailarlo sin máscaras ni hipocresías se habilitó en las milongas queer. Pero todo ese primer tiempo, el tango queer fue altamente marginal.

Hasta ese momento, mucha gente LGTB y feministas, a pesar de sentirse muy atraídxs por la danza y por la música del tango, preferían no bailarlo ni visitar los ambientes tradicionales porque les resultaban “fuera de época”. Tenemos que pensar que toda la movida del tango queer se desarrolló en un período social y político de grandes logros en materia de derechos civiles para la comunidad LGTB en Argentina que derivaron en la ley de Matrimonio Igualitario en 2011 y la Ley de Identidad de género en 2016, y a la vez, en una consolidación del feminismo que eclosionó en 2015 en el primer Ni una menos. Podríamos pensar que el tango queer fue expresando estos logros, y a la vez ayudó a impulsarlos, considerando la fuerte visibilidad que implica el tango danza, y la importancia simbólica que tiene para los argentinos.

Además de la comunidad LGTB, había muchas mujeres heterosexuales que venían a las milongas queer a ejercitarse en la conducción y también varones hetero que no tenían prejuicios de ser conducidos por hombres o mujeres. La propuesta del intercambio de roles era algo no solo novedoso sino que también expresaba una necesidad para todxs los buenxs milongueros. Muchos profes hablaban de la importancia de saber “el rol contrario/complementario” en la danza, pero no había espacios donde pudieras ejercitarlo relajadamente, sin ser objeto de sospechas o de enojos. Entonces las milongas queer alojaron también a un montón de gente que quería estar en espacios menos condicionados por códigos o normas que habían comenzado a pesar. Lo que quiero decir es que una cosa es que vos elijas bailar un rol porque te gusta más o porque te sentís más cómodx con ese rol, por las razones que sean, y otra cosa es que estés obligado a ocupar ese rol si querés bailar tango, es decir, que el rol y la identidad sexual estén ligados de una manera que podríamos llamar “esencialista”. En ese punto, nuestras milongas venían proponer otra cosa, y respondían a la necesidad de mucha gente.

El tango queer implicó una renovación de la idea que muchas personas tenían del “tango”, la hizo más flexible, menos homogénea, la modernizó, la diversificó, la adaptó a las épocas que corrían. Pensemos que cualquier joven que comienza a bailar tango hoy, entra en un ambiente mucho más abierto y amigable que en los noventa, mucho más acorde con su vida cotidiana. Por otro lado, el tango queer le dio a la comunidad tanguera la posibilidad de vérselas con sus propios prejuicios, porque la movida se impuso sin pedir permiso, y como consecuencia implicó una liberación de una gran carga, perder los propios miedos. Ya no es ninguna novedad que dos hombres o dos mujeres bailen tango públicamente, y si son o no homosexuales, tampoco es algo que se esté preguntando todo el mundo. Y si alguien, después de bailar un tango se descubre gay o lesbiana, o bisexual, o lo que sea, tampoco es el fin del mundo. Hay lugar para todxs, también en el ambiente tanguero.

Mariana Docampo

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