A lo Chicho

Creo que existen muchos términos, de tiempos pasados, y definiciones, para nombrar a los diferentes movimientos, elementos y técnicas dentro del tango. Más allá del sentimiento que puedan transmitir, y que difícilmente puedan ser traducidos, términos como: “soltada”, “sacada” y tantos otros, fueron inventados por su efecto. Recordemos que la conjugación sería “suelta” o “yo saco – ella/él saca”. Pero el verbalizar palabras hoy día es parte de los idiomas en general: “googlear”, por ejemplo, y que la Real Academia Española aún no reconoce. Pero esto sería entrar en neologismos que me desviarían del motivo de mi escrito. Llamar “molinete” al giro, “volea” al boleo, “castigo” a lo que se convirtió en boleo más adelante, “mordida” al roce de pies en entradas de giro o a paraditas ocasionales, y cantidad de nombres que utilizamos hasta hoy, son parte de la historia, la tradición y el folclore de una época que difícilmente podemos seguir viviendo. Más bien se reproduce, se imita y se trata, a partir de la imagen, de mostrarse “más tanguero”, parece ser lo que la gente busca. Pero como ya he dicho anteriormente, el tango es imparable y su evolución no nos es ajena. Y agradezco a lo que sea, que esta evolución se haya generado en estas últimas décadas.

Pasó de ser un baile popular, de una ciudad, a ser centro de festivales, en las ciudades más importantes del mundo y hasta en las más remotas. Poder entender que existe tango donde sea, es parte de la fuerza espiritual que vivimos hoy día. Digamos que en un mundo en el cual los mares están siendo saboteados, infectados con nuestra propia basura, en un mundo de mafias que controlan las vidas de los débiles, un mundo donde los niños no tienen más que una incertidumbre como futuro, donde los ancianos no son respetados por lo que hicieron por nosotros, donde la injusticia es moneda corriente y la pantalla de algún “device” se vuelve imprescindible para nuestras vidas, lo que el tango nos da, es ese contacto, casi como la caricia necesitada al final de cada día.

Contacto que llena, que acompaña, que emociona y contiene; no importa como sea, siempre que sea sentirse en ese contacto. La vida se volvió vacía, distante, llena de apariencia y valores que se perdieron. Y esto lo digo no por la pandemia mundial, sino porque ya estaba sucediendo antes.

Tal vez sea una nueva era para todos en la cual de una vez por todas aprendamos a ser humanos, con sentimientos de solidaridad sin condiciones. Aún así, aquí seguimos, y seguiremos avanzando, y poniéndole el pecho frente a las balas. Seguimos creciendo, aprendiendo y evolucionando. Por eso el tango no se queda atrás, y aunque sea mínima, la evolución llegó al movimiento, se instaló una nueva forma y expresión. Tardó pero llegó y no creo que ninguna pandemia pueda ganarle.
Tenemos que dejar que el tiempo le dé al vocabulario tanguero, esa misma evolución, sin forzarla. Ponerle nombres “raros” para hacer la diferencia entre maestros es parte de la misma inseguridad de la cual ya hablé un poco, y hablaré en otro momento. Los maestros verdaderos, debemos unirnos, pero no desde una movilización política ridícula, sino por el tango en sí mismo.

¡Tanto nos dió y tanto le debemos!

Sé que es una utopía alcanzar un acuerdo entre los miles de maestros que existen en el mundo. Un sueño imposible. He visto muchos videos de enseñanza, y ver la cantidad de maneras en que se enseña, por ejemplo, una colgada, me da la sensación de que el camino de unión va a ser muy largo. Tan largo que ni yo ni toda esta gente va a verlo. No somos eternos. Quizás en 70 o 100 años el tango hable de este momento histórico por el cual muchos están atravesando. Así que, ¿por qué preocuparse hoy?

El mensaje es y será siempre el mismo, el tango es único en su forma y expresión. No caigamos en la trampa. La apariencia es lo de menos. Es más fuerte si vamos adentro al fondo para poder así, dialogar y decir a nuestra compañera/o, sin palabras, sólo viajando con esa música como patrón de unión y placer.

¡Abrazo a todas y todos!

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